La unión


 

Es curioso como en aquellos momentos que requieren sumo tacto humano, son en los cuales la manera de actuar se ve envuelta como un velero sin vela en la niebla: no sabemos actuar. Ésta semana desafortunadamente fui parte de uno de estos eventos: la muerte. Hombres de edad avanzada dan los consejos más sabios, y también se llevan a la tumba algunos otros. Sin embargo, uno de los que más retumba, es aquel que pretende aconsejarnos la importancia de conservar los puntos enriquecedores de situaciones o personas. Este consejo es una ventana abierta para mirar las perspectivas desde las que se ve un escenario que emerge. Y haciendo hincapié en esta visión, aprecié de diversas maneras el hecho de la unión.

Como dije, frente a la muerte no sabemos la manera de actuar, pues desborda un mar de emociones. Para aminalarlas, la gente suele dar el famoso pésame, es decir, mostrar una afluencia de apoyo, ya sea emocional o material, sin embargo, el apoyo es el factor en cuestión.

Durante meses antes de que falleciera don Julián (hombre gracioso, paciente, trabajador y muy responsable), sus muy queridos hijos y parientes , habían estado cuidando de él, como algún día él lo hizo. Durante días y noches, con trabajo encima y sin descuidar a sus familias, mantenían este acto de amor por su padre. Durante las últimas semanas de “espera”, un yerno de Julián confiesa que se sentía cansado de aquella rutina, pero que su amor por Dios, sin mencionar su cariño por su querida mujer y su suegro, es suficiente para ofrecerse y cumplir con tremenda obra. Hoy en día y después de la partida de don Julián, muestra su relación gran firmeza, pues me imagino que ella habrá contemplado y valorado todos aquellos días en los que él nunca soltó su mano.

El trayecto hacia la muerte aparenta estar lleno de lamentos y penumbra, pero también tiene sus actos que, en cierta forma, le dan alegría. Trataré de explicarlo: un nieto de don Julián decidió conservar la playera de su equipo favorito, el Atlas. Aquella mañana, mientras los familiares repartían los objetos para recordar a quien los amó, este pequeño expresó, entre tristeza y empatía, que quería conservar la playera y cuidarla. Son los actos tan nobles que se ven en estas situaciones donde se cultiva lo que se siembra, y creo que don Julián sembró y obtuvo buenos frutos.

Se cree que la muerte es capaz de nublar y cegar el pensamiento, pero no pienso que sea así. Ese mismo día falleció una vecina, mujer de edad avanzada, simpática y amorosa (de pequeño le decía “mi abuelita”). Un vecino no sabía como ir a dar el pésame a la desafortunada familia, pues existieron fricciones, no con “mi abuelita” sino con la hija de ella que vive bajo el mismo techo. La incertidumbre de no saber la reacción que tomaría aquella mujer ante un acto de compasión, cuando había fuego de por medio, era inquietante. No pasaron muchos días sin que él se decidiera por ir a tocar puerta y mostrarse, con cara sincera que acompañaba en su dolor aquel horrendo momento, la puerta fue abierta y aquellas palabras oídas. Y deja en mente que doña Albina siempre fue querida, y ese cariño resuelve problemas.

Es crucial el acompañamiento durante esos momentos, nadie sabe cómo actuar, o como actuarán los demás, no sabemos que conflicto o con que cargan, pero algo es seguro: que aún en los momentos oscuros existe una perspectiva para maravillarse.

 

En memoria de Albina Juárez Azua y Julián Grijalva Chávez

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