FE



Mt 8, 8: “Pero el oficial le respondió: «¡Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero sólo di una palabra y él sanará!...”

 

Una cita fuerte, potente, poderosa, que más que una simple frase, resume como debe de ser vivida una vida cristiana. Paradójicamente, quien dice esta frase es un oficial romano, un golpe con guante blanco de su parte, apuesto, sin siquiera darse cuenta de que lo hizo. El oficial iba en busca de ayuda para su servidor quien padecía de una enfermedad, y se fue dándonos una lección de fe inmensa y, claro, con su servidor curado con las sanativas, sencillas y eficaces palabras de Jesús “«¡Anda, que suceda como has creído!»” (Mt 8, 13).

En primera instancia quisiera recordar de donde (estoy seguro) se te hacen conocidas semejantes palabras. Cada misa, antes de ir a formarte para recibir a Jesús en la comunión, repites estas palabras con una pequeña variación “«¡Señor, no soy digno que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme!»” (La frase tal vez varíe dependiendo de en donde vivas la misa).

Palabras que a veces decimos sin siquiera poner atención, que no reflexionamos al decir, no le damos el verdadero significado que se merece tal enunciado. Porque, así como la cita es fuerte, potente y poderosa, igual lo que decimos tiene un impacto y una fuerza increíble y, quién sabe, tal vez hasta aún más porque la repites muchas veces en tu vida (las veces que asistas a misa).

Lo que decimos al referirnos a Jesús de este modo es muy claro, es leer entre líneas y entender un mensaje que está más que implícito. Es decirle que no somos dignos de que entre en nosotros, estamos sucios, somos totalmente imperfectos y Él, con su perfección y toda su inmensidad, es incapaz de entrar en nuestra pequeñez. O, por lo menos, es lo que nuestra capacidad mental nos da para concluir. Pero Él, siendo tan inmenso, la perfección misma, decide hacerse pequeño y casi insignificante, y quiere entrar en nosotros, quiere hacerse uno con cada uno de nosotros. No le importa como seas, ni quien seas, a Él sólo le basta con que seas tú. Jesús no distingue entre raza, género, clase, gusto, pensamiento, profesión, o cualquier “pero” que le quieras poner, Jesús sólo ve al corazón, y quiere estar en él.

No somos dignos, ¡no somos nada! Pero Jesús quiere entrar a la casa de tu corazón.

Pero eso no queda ahí, después de transmitirle nuestro verdadero sentir, que no somos dignos, nos referimos a Él con otra afirmación, “«una palabra tuya bastará para sanarme»”. Una palabra, que más bien sería “«una Palabra…»”, y ¿qué es Palabra? Jesús, el Verbo Encarnado, y ¿dónde está su Palabra? En la Sagrada Escritura, ¡la Biblia! Y ¿dónde te encuentras en el momento de decir esa frase? En misa, en donde se lee, ora y medita la Palabra. Jesús ya te sanó desde la Liturgia de la Palabra, con la primera, segunda lectura, la aclamación antes del Evangelio y el Evangelio mismo, incluso en la homilía y demás partes de la misa, Dios ya te sanó, con eso nos bastaría y nos sobraría. Pero Jesús no escatima en bendiciones, aun así quiere entrar en nuestro corazón y terminar por unirse a nosotros, sanarnos y conocernos, aunque ya nos conozca a la perfección. Aunque pudiera unirse de una y mil maneras, aunque nos pueda sanar con solo chasquear los dedos, Él quiere entrar en ti de la manera más humilde y sencilla. Algo tan sencillo que impone e impresiona más que mil palacios. Y que su eficacia es mayor que cualquier cosa. Él quiere unirse a ti, aunque no sea necesario, pero para Él, es más que necesario.

Sacándole más a esta cita, como ya mencioné, no es ningún judío quien dijo esta frase ni mucho menos un cristiano. Era un romano, y no cualquier romano, sino un oficial romano, un militar con un rango elevado, con una autoridad sobre más personas, con gran poder e influencia. Él mismo nos lo recalca, a Jesús y a nosotros: “«Pues yo, que soy subordinado (que le rinde cuentas a alguien aún mayor), tengo soldados a mis órdenes, si digo a uno: ‘ve’, él va; y a otro: ‘ven’, y éste viene, y a mi servidor: ‘haz esto’, y él lo hace»” (Mt 8, 9). Esto lo dice dando alusión a que, como él tenía el poder de con una palabra hacer que sus subordinados hicieran lo que él quería, así Jesús tenía el poder de, con una Palabra, hacer lo que Él quería. Digamos que lo dice para darle a entender que él entendía su poder y creía realmente en que era capaz de todo con tan solo desearlo o decirlo. ¡Y esto es la fe! Creer que Dios tiene el poder de lo imposible, que todo lo que Él haga obrará para bien. Así pensaba este oficial romano. Que Jesús tenía el poder de lo imposible, que tenía un corazón bueno. Sabía que, pidiéndole a Jesús, Éste accedería. Jesús vio esto y “«se asombró al escucharlo y dijo a los que lo seguían: ‘Les aseguró que no he encontrado a nadie en Israel con una fe tan grande’»” (Mt 8, 10). Esto, siendo un mensaje para nosotros que después remataría con una mini-parábola “«’Por eso les digo que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos, mientras que los herederos del Reino serán echados fuera, a las tinieblas, donde habrá llanto y desesperación’»” (Mt 8, 11-12), siendo las personas de oriente y de occidente los ‘gentiles’ o personas como el oficial romano, que se convierten y tienen esta mentalidad que muestra el guerrero romano; Abrahán, Isaac y Jacob siendo las personas que ya gozan del Reino de Dios, que disfrutan de la alegría y el amor pleno de Dios en el cielo; y los herederos del cielo siendo nosotros que aun siendo cristianos no tenemos esta fe necesaria para llegar al Reino y que, a palabras de Jesús, seremos echados al lugar de desesperación y llanto, perdiéndonos así de la gloria eterna.

Esto termina siendo un doble mensaje: de esperanza y advertencia. Esperanza porque nos hace ver que personas como el oficial romano, tienen esa puerta al cielo abierta de par en par como nosotros, solo está que se dispongan a aceptar la invitación de Jesús, a reclamar lo que merecen, como hizo el romano en el pasaje. Nos da esa esperanza de que nuestros hermanos tienen, más que esa oportunidad, ese derecho a aceptar el Reino. Esto es una motivación para nosotros, misioneros por deber, a invitar a nuestros hermanos alejados de Dios, a ser instrumento y guiar personas al cielo, llegar juntos a la gloria eterna.

Ahora, advertencia porque nos dice que no basta con que nos digamos cristianos, católicos, seguidores de Jesús o lo que sea. No. Debemos de tener esta fe necesaria para alcanzar lo que merecemos, sino seremos echados por nuestro propio mérito. Advertencia porque, aunque tengamos una reservación en el cielo, nos falta reclamarla, está en nosotros llegar a esa cita tan importante. Claro, para ello tienes ayuda, o tal vez algo más que ayuda, tienes a Jesús, que si realmente tuviéramos esa fe (como el oficial romano), llegaríamos al cielo sin ningún tipo de problema ni retraso (purgatorio).

Esta cita termina siendo una lección de vida, una lección de fe, una cita que también nos llena de esperanza por nosotros y por los demás, y que nos muestra el amor inmenso que nos tiene Jesús. Una cita que lo tiene todo que, como dije al inicio, resume como debe de ser vivida una vida cristiana por excelencia. Nos recuerda nuestra gran misión de llevar más almas al cielo además de la nuestra, así como el amor infinito que Dios nos tiene, resaltando el gran regalo, bendición y privilegio que es Jesús en la eucaristía.

 

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