A donde vamos


 He puesto a su servicio todo lo que tengo, nada me ha correspondido y ahora es cuando abro los ojos, por aquel desperdicio. Tiempo es lo que me falta. No puedo seguir desparramando miel, como si fuera producto de mi calma. En cuanto brilla una nueva oportunidad de despojo, he de tomar esa luz, pues mantiene el alma libre y sin enojo, nada más que felicidad. Pero, ¿qué te detiene? ¿Será la incertidumbre la que te envenene? Es que es tan sencillo brincar de puerto en puerto, como dejar al olvido un acuerdo. Sin embargo, es algo que duele como aquello que llaman recuerdo.  


Pisando tierras nuevas, explorando mazmorras que gente incauta maldice en plena primavera. No se dan cuenta que los surcos aún están húmedos y olvidan que las raíces solas no se echan. Cuervos comen de esos viñedos descuidados, cuervos con plumas negras que desmechan la profundidad de hermosos acedos. ¿Qué hago ahí donde lo censurado atrae? Donde se esculpe en la libertad los males que encarna el hombre. Los males son producto del prohombre que se desalma en faenas con corruptos honores. 


Indagando sobre las montañas insípidas, se saborea la primicia del mundo oculto. Escondido en un pozo de roídas orillas, entre la oscuridad de aquellos otros cuerpos formando un bulto. La aglomeración no deja catar el sabor, de pasiones encontradas, ¿Será este el culmen que tanto buscabas?


Y ahora cuando la toxina es parte del sistema, ¿a dónde es posible moverse? Pues el recuerdo permanece, y no es algo que de ti dependiera, ahora es propiedad del subconsciente. El recuerdo se pudre, pero no se desintegra, es el mundo el que lo pone a prueba. Qué ironía, que la ira descara la molestia, la lupa está sobre la llaga, pero nadie voltea, eres tú quien mira sin abstinencia. Rumbo al monasterio, en busca de sosiego, santos y viejos acuden al entierro. El mar se calmó pretendiendo que nada pasó, pero no es como si un volcán detuviera su erupción. 


Como en La Odisea, en cuanto vuelva, los monstruos saldrán de su cueva, no es necesario esgrimirlo, lo cargas contigo en una valija simulando el regalo. Salir de noche pretende un esfuerzo y la soledad se hace cargo, pero en cuanto pueda, su espada desenvaina y atraviesa la puerta sin mucha instancia. Tan rápida como un rayo, caen los ojos sobre el humano y se pregunta, ¿qué hago? En la experiencia se busca respuesta, pues el hombre es quien contesta al hombre. Y detenerse no es una buena propuesta.


El tiempo está en contra. Aferrado a un navío hace que las velas quieran zarpar, por el dulce aroma de islas con frutos escondidos. Es ahora el miedo a los monstruos lo que detiene al hombre insolente. En el tropiezo está la decencia, en prueba está la verdad. Pero, ¿ahora qué más da?


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