Nuestros primeros guías.
“Un buen padre vale por cien maestros”.
- Jean Jacques Rousseau
En el blog pasado hablé sobre las personas más importantes que nos acompañan a lo largo de nuestra vida. Entre estas se encontraba el guía. Esta es la persona que, con su experiencia y cariño hacia nosotros, busca que alcancemos nuestros propósitos con el mayor grado de excelencia y virtud que se pueda.
El día de hoy trataré de hablar sobre nuestros primeros guías, las personas que literalmente nos trajeron al mundo y nos vieron llegar a él. Nuestros padres.
Llegamos, abrimos los ojos y vemos por primera vez el rostro de la mujer de nuestra vida, aquella que en las noches más tristes y en los días más alegres estará a nuestro lado con la paciencia y fortaleza que solo una madre podría tener.
A su lado, vemos el rostro de nuestro primer héroe, nuestro viejo, aquel que nos enseña que no todo es miel sobre hojuelas en la vida, que en los momentos más difíciles es donde debemos tener la mente fría y seguir esforzándonos.
Los vemos, a los dos, pero no los reconocemos.
En nuestra infancia nos damos cuenta, por fin, que estas personas serán las más importantes que nos ha regalado Dios. Les tomamos un amor apasionantemente inmenso. Lloramos si no están, nos alegramos cuando regresan del trabajo o los vemos a la hora del recreo para entregarnos el almuerzo. Vemos ese rostro cansado y con ojeras, pero sonriente y escuchamos esa dulce voz que resonará en nuestros corazones hasta el final de nuestros días.
Y pasan los días, las semanas, los meses y con ellos, los años. Llegamos a la pubertad, la edad en la que todo podemos, pero nada sabemos y lo peor es que no lo reconocemos. Creemos que somos los dueños del mundo y que el tiempo es eterno. Creemos que ellos nos durarán para siempre.
Pero no es así. Nos damos cuenta de que crecemos, pero no de que ellos envejecen con nosotros. Nos damos cuenta de sus errores, pero no de los nuestros. Un puberto es un infante que se cree adulto.
Cometemos errores, muchos errores y no nos damos cuenta hasta mucho después, si es que los reconocemos.
Les debemos tanto y les damos tan poco a nuestros padres. Hay palabras para cuando fallecen los dos padres o tu cónyuge, pero no cuando se mueren los hijos. Porque el amor de los padres hacia el hijo, siempre será mayor que el amor que le tenga el hijo a sus padres. Por eso en las guerras se decía que lo natural es que los hijos entierren a sus padres, no los padres a sus hijos.
Y no nos damos cuenta. Somos cuasi-ignorantes en el sentido que sabemos que nos aman, que nos quieren mucho, pero no tenemos ni la más mínima idea de cuánto o de cómo es el amor que nos tienen. Ellos nunca nos dirán todo lo que sacrificaron por amor a nosotros, nunca nos reclamarán porque por culpa de nosotros dejaron de hacer cosas que amaban. Todas las buenas, grandes y excelentes oportunidades que se les presentaron, las rechazaron porque nos aman.
Aún y cuando hayamos sido el niño más travieso, enojón y mimado. Ellos no cuidan, nos guían y sobre todas las cosas, nos aman. Es, según mi parecer, una de las formas más puras y verdaderas de amor que el hombre puede expresar.
Literalmente dan vida. Una vida con potenciales muy grandes y bellos.
Yo, en mi ignorancia, me seguía preguntando cómo es que no tomaron otro camino o por qué decidieron tener hijos. Pudieron haber conocido otros países, comprarse una casa bonita o coches lujosos. Yo simplemente, no lo entendía.
Pero creo que tengo una ligera idea. Creo que ellos ven un bien. Un bien grandísimo, pero muy arduo. Tan arduo que puede llegar a dar miedo que algo salga mal. De perder la esperanza en no ser tan buena persona como para enseñarle a ser buena persona a alguien.
Pero una vez mi padre me dijo que no lo lograría, si no lo intentaba. El no, ya lo tienes, busca el cómo sí.
Sé que parece un poco extraño, pero te recomiendo que, si tienes la bendición de platicar con alguna de tus padres, te sientes cinco minutos con ella o él a charlar. Pregúntale muchas cosas. No importa si tienes siete, veinte o cincuenta años, si tienes la oportunidad, platica. Sal a caminar, ve por un helado, o en la sala, pero escúchalos, porque esos momentos nadie los vende, ni siquiera el mismísimo Alejandro Olivares.
Espero y tengas un excelente inicio de semana y muchas gracias por tomarte cinco minutos para leerme. ¡Hasta el próximo lunes!


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