La luz y mi barca
El mar estaba picado y
el ventarrón rozaba mi rostro. Sentía cómo las gotas de agua insípida golpeaban
mis mejillas y no me dejaban mantener los ojos bien abiertos y alerta ante el
peligro del inmenso océano. Mi barca no era tan grande aún, las olas la golpeaban
con braveza y perdía mi balance. Estaba oscuro, si volteabas al cielo no veías
nada más que matices distintos de gris azulado y un negro profundo.
Mi barca y yo estábamos
nerviosos, asustados, buscando ayuda en algún lugar. No se veía más allá de
unos metros de distancia de donde me encontraba. Nos sentíamos perdidos, sin
escape. Parecía como si la hondura de la oscuridad nos encerrara, sentía como
si se acercara cada vez más y me arrancara el corazón de un tirón y, con él, se
llevaba también mi paz. Me abracé a mi barca, nos consolamos juntos. No tenía a
nadie más.
De la nada, apareció un
destello de luz gigante, como si fuese una estrella fugaz volando por encima de
mi cabeza. Lo sentí como una revelación, la salvación. Pensé que había muerto y
la luz era la resurrección. El pequeño ápice de esperanza que aún permanecía en
mí comenzó a crecer y contagió todo mi cuerpo. Esa gigantesca sonrisa al alma
que representaba esa luz inmensa me llenó de fuerza para seguir adelante.
La luz parecía
indicarme que remara, ¿por qué no había hecho eso? Al mismo tiempo, me
iluminaba para ver los peligros que se me avecinaban, enormes piedras afiladas
y olas colosales. Parecía que solo no podría, pero era la luz lo que me
motivaba y acompañaba. Era como si me transmitiera su sabiduría y esclareciera
mi cabeza.
Divisé a lo lejos
tierra. Mi barca se había engrandecido ante el imponente mar. Se veía la causa
de esa bella luz. Un faro enorme y resistente. Era grandioso e imponía aún más
que el impetuoso mar. Veía como guiaba mi barca.
El faro hacía mi camino
más llevadero. Seguía siendo difícil, era normal que remar en ese mar tan
iracundo, lleno de peligros y obstáculos, fuera difícil para mi barca y para
mí. Pero el faro, con su mentoría convertida en luz, me orientaba,
tranquilizaba y aconsejaba.
Llegamos a tierra y nos
abalanzamos a la arena. La abrazamos y descansamos. Veía mi barca fuerte y
enorme, y yo me sentía de la misma forma. Había podido con la parte más difícil
del viaje, imponerme ante el picado mar y vencerlo. Sin el faro no lo habría
logrado. Este se veía con menos intensidad, seguía viéndolo con respeto y
admiración, pero veía cómo perdía su fuerza. Era mi turno de cuidarlo. Él había
sido el guía de mi barca, era lo menos que podía hacer.
A pesar de todo, tarde
o temprano, y con un poco de suerte, llegaría mi turno de convertirme en un
faro para la barca de alguien más.
~Dica




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