Un... ¿alegre sendero?

 

El sol rebosaba por la montaña, reluciente, fulgente y caluroso. Los pájaros entonaban su bella endecha. El clima era apacible y rebozaba de alegría el ambiente.

Un hombre caminaba por un bello sendero, lleno de girasoles y grandes magnolios. Andaba a un ritmo sereno, disfrutaba de la vista y la compañía que representaban el sol, las nubes, los pájaros, el hermoso sendero con sus árboles y flores, y su perro que lo seguía a donde fuera.

Era un gran día. Un día muy feliz, tal vez demasiado para ser verdad. Su vida iba perfecta, después de su pequeño paseo iría con su pareja a casa de sus padres a cenar y pasar un buen rato.

Mientras recorría la senda empezó a recordar esos grandes momentos que había pasado con su familia, recordó su bello hogar, su trabajo, su familia, sus amigos; y volteó a ver a su perro. Tenía todo lo que había deseado en la vida de pequeño o, mejor aún, superaba esas expectativas.

Todo iba tan bien, hasta que un extraño sentimiento comenzó a difundirse en su cuerpo.

‘Todo está tan bien, algo tiene que ir mal, aunque sea una pequeña cosa, no existe la perfección en la que estoy viviendo’, pensó para sus adentros.

Empezó a rebuscar en su memoria alguna cosa con la que no estuviera cómodo en su vida. Pero falló en su acometido.

Empezó la ansiedad. Una especie de impotencia inexplicable por no poder encontrar algo que simplemente no existía. La idea de disfrutar la vida, compartir un agradable momento con su familia, ir a su lujosa y bella casa, e incluso el pasear por ese bello sendero, se convirtieron en una pesadilla sin sentido.

Sentía que algo tenía que pasar, no era posible que no tuviera ningún problema en ese momento. Si tenía abundancia en felicidad, tenía que haber alguna cosa mala cuando menos.

Empezó a sentir culpa por pasear en esa hermosa vereda, había gente que sufría mucho y él no. Empezó a ver todo con otros ojos: el sol ya no era tan brillante, las nubes se disiparon, los girasoles se marchitaron junto a los que, hace unos minutos, parecían unos fuertes magnolios; todos caían al suelo, causaban un estruendo horrible que hacía que su perro ladrara como un vesánico.

La felicidad dejaba de ser algo intrínseco en la vida, debía ser algo meritorio. No podía ser feliz solo porque sí, y, al pensar esto, se daba cuenta de que no merecía tal alegría y satisfacción. Paradójico al pensamiento ajeno, la felicidad se tornó en algo que no era saludable para su persona.

Perdió la confianza, perdió el regocijo en su vida. Ya no quería volver a casa, era “demasiado feliz”.

Todo este tiempo miraba al suelo mientras pensaba todo esto. Al levantar la cabeza, notó el sendero destruido. Su perro ya no estaba con él, las flores lloraban y los árboles yacían en el suelo exhalando su último suspiro. Recibió un mensaje de su madre para decirle que su padre había tenido un accidente.

Se dio cuenta de lo infeliz que se volvía su vida.

En ese mismo momento, su cabeza reconstruyó todo a su alrededor. Los árboles volvieron a la vida, las flores fueron consoladas, su perro volvió corriendo a él. El sol volvió a reinar el cielo, las bonitas nubes volvieron, los pájaros volvieron a cantar. Volteó a su celular y se dio cuenta de que no tenía ningún mensaje.

La querofobia lo consumía y él no lo notaba. Volvió a pensar en lo gozosa que era su vida. Empezó a ver como caía un pétalo de una flor. El ciclo comenzaba de nuevo y no había nada que él pudiera hacer. Si quería ser feliz debía de haber algo malo en su vida. El hombre siguió caminando por el infinito sendero cambiante de su cabeza.

 

~Dica

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